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jueves, 24 de septiembre de 2015

Claudio enfila su lenguaje directo "contra la monarquía" que Evo y unos pocos de sus amigotes quieren entronizar en Bolivia, citando al Congreso para cambiar la CPE que permita tal cosa, la reelección, extremo totalmente prohibido

Parece mentira que en el siglo XXI, en occidente, una pandilla de hábiles e infames seudorrevolucionarios desee crear un estado absolutista a la mejor manera musulmana. Posible porque hallaron el material ideal, cierta población que sabe alzar la mano excepto para trabajar. Hay que ser claros y “antipatrióticos” si se necesita; destruir ídolos y enfrentar cualquier intento de glorificación extraterrena por parte de quien sea.
Oponerse, y ahí entra el fatídico y confuso sustantivo de “patria”, hasta a las aglomeraciones chauvinistas que reclaman un mar para Bolivia sin que se les ocurra recordar que aquella región se perdió tanto por intereses chilenos como por intereses privados bolivianos, y que en la mentada guerra pacífica (del Pacífico), se traicionó y abandonó al aliado Perú, dejándolo a merced del arbitrio y sevicia invasores. Ahora el cobarde reclama, y como el reclamo se hace desde un púlpito donde actúa un supuesto indígena, nadie levanta la voz para evitar el mote de racista, reaccionario, obsoleto. Yo lo hago.
El individuo en cuestión, aspirante a rey y posible encarnación de una amalgama mundial de dioses (y diosas), encaramado por sobre una montaña de cuerpos vivos y serviles, como en algún filme soviético acerca de la mítica asiática de sus repúblicas, fijó sus límites temporales de poder hasta hace poco en el 2025; ahora, “por el amor del pueblo”, subió cinco añitos más. “Añitos”, porque es una travesura dentro de un pueblo travieso, burla en una masa de idiotas. Más le valdría declararse inca y echarse un baño de estiércol en la laguna de Cota, justo detrás del calvario donde los creyentes en el becerro de oro escarban, picotean y martillan las pobres piedras que culpa no tienen de su afición monetaria. Ya Inca, nos dejaríamos de pamplinas y sabríamos si adorarlo o deshacernos de él, porque las especificaciones del juego habrían cambiado.
Antes de que chillen los Stefanonis, Fortunes (y fortunas), ministras españolísimamente ensombreradas, la izquierda marihuana y procaz, hay que decir de frente que quien  trepa por encima del derecho ajeno, así sea con referendos, votos, o masas alcoholizadas sin encéfalo, pierde también los suyos y que hay carta blanca en tierra de nadie, un juego a las escondidas sin restricciones ni vetos. Si la democracia ha muerto, vale. Se convoca jugadores al ruedo porque ya no queda ni la decencia para impedirlo. El premio depende no solo de inventiva sino también de valor. ¿Elegimos la sociedad medieval? Perfecto. Las reglas son otras entonces. Llanto afuera.
Veamos el caso venezolano y su Dreyfus local. Nunca he tenido simpatía por Leopoldo López, exceptuando su coraje al entregarse a las hordas rojorojitas. Pero la estupidez del gobierno (más bien la ambición y el miedo de perder tanto) ha barrido con legitimidad y legalidad convirtiéndolo en héroe. Lo odian pero tienen que protegerlo, porque si lo matan, se terminó. La oposición apuesta por prontas elecciones a la Asamblea, creyendo de manera falaz que por ahí va la cosa. El narco Diosdado Cabello no va a ceder ante ningún resultado. Se estaría condenando a muerte. Queda la guerra civil y dudo que haya otra opción. En escenario tal, ya fracasado el intento, y muchas veces la mentira, de la democracia, volvemos a que las reglas se borraron y el ciudadano está en justo derecho de poner un tiro, o dos, o cuatro, en la cabezota de Nicolás Maduro y la cáfila de asociados. Lo eligieron ellos, nadie los obligó.
Que fundan cetros e inventen heráldicas. Ya se ha visto en la historia repetidas veces y el fin siempre ha sido trágico. Asistamos al teatro de los dramaturgos de la violencia y que se levante el telón.

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