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viernes, 27 de abril de 2012

Claudio Ferrufino no atina a encontrar argumentos válidos opuestos a la Via del TIPNIS. el cato de coca la única razón


La solución final no pasa por el hipotético traslado de nuestra herencia cultural, cualquiera de ellas. Está en la honradez, el trabajo, la responsabilidad. En aceptarnos y conocernos. Si el Presidente no desea estudiar, allá él, el resto sí
Y serán muchas más. El ansia de enriquecimiento pesa más que la conciencia, si la hay, y mucho más que la razón. Casi me atrevo a decir que las grandes causas están condenadas, y que el hilo que las protege de no perecer se hace tan frágil que no sabemos si dure. Cuando oigo a supuestos intelectuales, y de izquierda asumida, defender la construcción de la carretera por el Tipnis, me descorazono. Ninguna lógica los sustenta, ninguna, ni siquiera la de saber que serían directos beneficiarios en contante con la destrucción del bosque, o que recibiesen al fin del desastre catos de coca para paliar su hambre.
Febles argumentos. En primer lugar, ignorante desdén de lo que significa para la humanidad preservar lo poco que queda. Salen con discursos que tal vez en algún momento fueron válidos, de no jugarle al imperio, etc. Ni idea tienen de la estadística, ni proyectan semejante desmán en sus consecuencias futuras. Tozudez nacida de la ignorancia, de consignas aprendidas en lecturas de computador, recovecos de la psiquis mestiza abrumada de complejos, que se satisface a sí misma con la presencia del señor Morales a la cabeza de Bolivia como el arma que destruye sus fantasmas interiores.
Uno de los textos del nuevo libro de Pablo Cingolani, Nación Culebra, una mística de la Amazonía, lleva el escalofriante título de La solución final, que nos remonta a Eichmann y la praxis lunática que percibía el paraíso sólo después de la destrucción de una raza. Se pregunta el autor, enumerando algunas etnias amazónicas, que dónde habría que ponerlas. Se responde que grupos tan pequeños entrarían en cualquier lado: los Pacahuara, por ejemplo, “en una cabina telefónica”; los Yuquis, “detrás de un biombo persa o en un crucero de tres pisos”; los Chimanes, siendo más, “podrían ser llevados hasta Quetena, en las punas de Sud Lípez, donde hay poca gente”. Y así, exterminarlos de a malas, como en la furia nazi, o a “buenas”, simplemente arrebatándoles su hábitat.
¿Quién les da el derecho de decidir sobre tierras ancestrales? ¿Los altos intereses de la patria? La patria, señores, pasa por la protección de sus ciudadanos y su entorno. Jamás se ha leído que ella presupone la venta o regalo indiscriminado de lo que es colectivo a individuos, grupos de poder, países extranjeros. Si a Chile y Brasil les interesa una conexión interoceánica, allá ellos, que la consigan sin la destrucción del patrimonio boliviano. Que vuelen por los aires, que estamos en el siglo XXI, y ya para el 2019 los gringos estarán explotando yacimientos minerales en asteroides que serán estirados hacia la órbita de la luna. Mientras tanto nosotros, no nosotros, ellos, los de arriba, seguirán haciendo oro con la explotación de recursos que cuando se agoten nos dejarán sin nada. Dejémonos de folklorismos, preservemos lo que hay que preservar e invirtamos en educación, en tecnología. Que el cultivo vario y variopinto que siempre destacó la agricultura —y la gastronomía— locales se desarrolle con nuevas técnicas; ahora se está perdiendo. Los hombres de maíz y de papa se van convirtiendo en hombres de coca, alejándose de toda tradición, haciéndole el juego, y en grande, al capitalismo salvaje que representa el narcotráfico.
Ahora bien, si de piedad se trata, como desean mostrar, de “mejorar” el nivel de vida de los indígenas allí, de echar DDT para que no tengan insectos, que comiencen con Palacio, con las sucias ciudades que nos caracterizan: basura expuesta al aire libre, descontrol vehicular y el veneno del exhausto. Alimañas sobran para combatir. No hay que poner pretextos fútiles para conseguir algo que es abiertamente un negocio, y también una concesión a las nuevas elites.
La solución final no pasa por el hipotético traslado de nuestra herencia cultural, cualquiera de ellas. Está en la honradez, el trabajo, la responsabilidad. En aceptarnos y conocernos. Si el presidente no desea estudiar, allá él, el resto sí.
El autor es escritor

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