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jueves, 23 de julio de 2015

Karen Arauz desnuda "el placer de herir" de humillar, de ofender que tiene Evo Morales. en su rostro se dibuja un "rictus amargoo una odiosa semi sonrisa. Insultar y discriminar a los potosinos su última hazaña. Imperdible este rico texto. Gracias Karen.

Existen temas tabú en el comportamiento humano  lo que para algunos no es simple de comprender y tampoco es fácil aceptar su innegable posición en las arenas movedizas entre lo políticamente correcto y la irrenunciable libertad de expresión.
Hasta hace unas décadas, los temas tabú estaban ligados casi exclusivamente a comportamientos de índole sexual, siendo el sado-masoquismo su expresión más cabal. Para leer el Marqués de Sade, lo usual era una linterna muy bien oculta entre las sábanas y cuando no existiera duda que los mayores no se percatarían de la maniobra. Poco a poco, los temas se flexibilizaron y se empezó a denominar también tabú, a asuntos que debían permanecer en el secretismo familiar. Los requiebres amorosos del abuelo en los zaguanes con las atractivas vecinas del barrio, eran innombrables. La existencia de hijos “naturales” eran ignorada absolutamente y pese a que muchas veces era inocultable, como era tabú, todos lo obviaban en el afán de que así dejarían de ser reales.
Las costumbres “raras” de las monarquías se ocultaban instintivamente. Escándalos como los acontecidos en la corona británica, nunca podrían haber sido socialmente aceptadas. Hoy, tenemos a la hija y hermana de los reyes de España, en procesos públicos por inconductas económicas y son noticia que pueden molestar pero ya han superado el ámbito de lo impenetrable.
Sin embargo, de la época antigua queda flotando el concepto tabú del placer de humillar y ser humillado.  Trasladada la idea a lo aceptable hoy, donde no hay temas prohibidos que no se puedan ni no se deban ventilar, es a veces la decisión de no lastimar lo único que frena el tratamiento de ciertos acontecimientos.
Nuestra historia está plagada de cosas que han permanecido en el nivel de rumores y chismes políticos hasta convertirse en leyendas. Muchos recordamos el ojo morado de un famoso periodista a quien el presidente dictador literalmente le sentó la mano. O el ministro de Estado que se tuvo que tragar los improperios casi públicos de una aguerrida primera dama. Ahora, el placer de humillar en función al cargo, se convierte en  instrumento de medición del poder que se ostenta, y eso ya son palabras mayores.
A nadie que sienta al menos respeto por sí mismo, le gusta que se haga leña con el árbol caído. Se siente una elevación de la presión sanguínea cuando se golpea a alguien en el suelo. Más aún cuando es obvio donde radica la fuerza. El grandulón rodeado de guardaespaldas, se puede dar el lujo de coronar su valiente hazaña, propinándole patadas en el suelo al indefenso. Para esto no hay otro calificativo más que cobardía. Uno a uno y en igualdad de condiciones, es el tipo de enfrentamiento que no caracteriza a ciertos sujetos.
Ya no cabe duda. A Evo Morales y un par de sus satélites iguales a él, les gusta humillar. Se va a Buenos Aires a inaugurar una horrible (de un millón de dólares de los bolivianos) estatua de Juana Azurduy y ni siquiera tuvo el tino de contratar a uno de nuestros escultores que los tenemos magníficos. Se evitó los actos cívicos de La Paz -que aunque haya sido lo mejor-, era su obligación estar como actual Presidente. Y no reparó en la marcha de los potosinos, habiendo podido parar el conflicto en sus inicios. Y todo porque disfruta agraviando. Cada vez que está frente a una cámara de TVB, en su rostro se dibuja un rictus amargo o una odiosa semi sonrisa. Insultar y discriminar a los dirigentes cívicos de Potosí, ha sido su última hazaña. Con un agravante.
Potosí le dio su apoyo siempre. La última vez con el 60% de la votación. Y el desprecio con que ha encarado el conflicto, lo reafirma en su posición como el gran vejador. Ha demostrado que no tiene noción del agradecimiento. Desde su óptica, no tiene por qué dejar de lado su deplorable fulbito para oír a su gente. Es que es su enorme ego quien aconseja sus pasos además de los adláteres que lo rodean, que son la encarnación de lo obsecuente y que encuentran en la cruda falacia, el recurso perfecto para ocultar su incompetencia.
Como tantos otros que son  sistemáticamente despreciados por el poder y a quienes se contenta con migajas del gran banquete masista, ellos están a tiempo de abandonar el papel de masoquistas. Nuevamente los lisonjearán cuando llegue el momento de reformar la Constitución buscando volver a reeditarse en el poder. Ahí tendrán su oportunidad de oro para demostrar que, humillaciones, no soportarán más. Hay que empezar a observar como el más grave error de Evo Morales, el no contemporizar con la sociedad y su total incapacidad de tocar tierra.  Grave error no calcular que es la misma ciudadanía que tendrá en sus manos la suerte que correrá, acá o afuera, en su próximo futuro.

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