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lunes, 1 de marzo de 2010

la escalada de violencia y criminalidad no tiene precedentes hasta pone en duda la eficacia de la Policia, sostiene El Dia editorialmente

La primera gran tarea
Editorial

La escalada de violencia delictiva que se ha enseñoreado paulatinamente del país, ha colocado a la población boliviana en niveles de inseguridad sin precedentes. Esta lamentable situación está demostrando con claridad que los tiempos han cambiado de tal manera que resulta razonable cuestionarse si la Policía Nacional puede seguir ostentando el rol que le señala la Constitución Política del Estado. Si se mira bien, no se trata tan sólo de combatir el delito organizado con eficacia, honestidad y eficiencia, que tanta falta hace, sino de encarar con recursos las nuevas tareas que le plantea la coyuntura histórica del país.
Hoy por hoy la institución del orden adolece de males estructurales de envergadura que han llevado a su actual comandante, el coronel Óscar Nina, a plantear también la necesidad de una depuración a gran escala de sus recursos humanos. El proyecto de una renovación profunda ya lo había anunciado en el momento de su posesión como la máxima autoridad policial. El tácito reconocimiento del grado de simbiosis al que ha llegado la delincuencia con varios niveles de la institución del orden -hecho que por otra parte ya se ha convertido en vox populi- descubre no sólo la sinceridad de las intenciones, sino un conocimiento profundo de una institución que a los ojos de la ciudadanía ha perdido casi toda credibilidad
Por supuesto que no se trata solamente de luchar frontalmente contra la corrupción interna que amenaza acabar con la estructura institucional, sino de un proceso de transformación ideológica y material para asumir roles de mayor compromiso social y, fundamentalmente, de servicio con los elevados intereses de la diversidad de las regiones del país. En la perspectiva de las autonomías departamentales, corresponde que los recursos generados en la región por la Policía se destinen a fortalecer la institución local y no sirvan, por el contrario, para alimentar la angurria del nivel central. De lo contrario, se desvirtúa el rol de la protección y deja a la población del país en un estado de indefensión alarmante.
La creciente ola de delitos de poca y gran monta en contra de la ciudadanía cometidos por delincuentes comunes y miembros del crimen organizado, incluyendo a los que pertenecen a la industria del narcotráfico, ameritan grandes tareas al interior de la institución policial. Una de ellas es la provisión suficiente de recursos materiales, transporte, armamento moderno y equipos con tecnología de punta para luchar con eficacia contra una delincuencia moderna y bien provista. Pero la primera gran tarea es la renovación de los recursos humanos, a la sazón el pilar sobre el que descansa la confianza de la población.
Habrá que convenir en que la importancia de este desafío radica en su declarada y reconocida necesidad. Por lo mismo, la depuración de los malos policías debe ser realizada cuanto antes bajo el signo de la urgencia. Es lo primero. Después, si el Gobierno es coherente con su discurso de apego a la democracia, aunque ya existen dudas, corresponde que la transformación de la Policía Nacional se encamine por los senderos de los postulados más nobles de la institucionalidad y sometido al ejercicio sano del control social, en consonancia con lo que señala la Constitución.Los recursos generados en la región por la Policía deben destinarse a fortalecer la institución local y no la angurria del nivel central

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