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sábado, 2 de enero de 2010

acertado como el que más Cayetano en su visión global del problema chavista que como el cubano va en retroceso. sus apuntes resultan sabios


Si alguien, independientemente de inclinaciones ideológicas, buscara un punto de inflexión en la política latinoamericana del último año, tendría que alistar la lupa y mirar atentamente lo sucedido en Honduras. Primero, porque ni en las más delirantes mentes de fervor reaccionario se hubiera podido imaginar que la marcha de la demagogia populista latinoamericana, pudiera frenarse con un golpe de estado. Ese era un tema descartado, impensable, escandaloso. Tanto, que su condena regional y mundial fue prácticamente unánime. Hoy, ¡quién lo creyera!, Zelaya, el derrocado, es parte del mobiliario viejo que hay sacar, como sea, de la embajada de Brasil en Tegucigalpa.

Desde luego, no existen dudas sobre quien fue el verdadero derrotado con el golpe: el “Mussolini tropical” reinante en Venezuela. Pero tampoco hay ninguna duda sobre quienes terminaron haciendo un ridículo espantoso: Lula, que creyó que su pequeño imperio podía disputar influencias con el grande, y el inefable e inaguantable José Miguel Insulza, que terminó exhibiendo la impúdica desnudez de una OEA raquítica. Porque también quedó muy claro, diáfanamente claro, que cuando Estados Unidos dice OK es OK.

Y es que en América Latina se generó la sensación de que nada ni nadie podía parar el tsunami que venía de Caracas y que, gracias a la indiferencia internacional, la poca importancia regional (un miserable 5 % del comercio mundial), el enamoramiento europeo de la política folclórica latinoamericana, la influencia de sus nefastas ONG, se había sellado el destino regional bajo el signo de las dictaduras vitalicias con base plebiscitaria.

Hoy el cuadro es distinto: el conjunto de procesos electorales que ha comenzado en 2009 y se proyecta en un lapso de dos años, muestra una tendencia diferente. Chile, ya en vísperas de su segunda vuelta, inicia un ciclo que representa el fin de veinte años de la denominada Concertación. Y aunque su última expresión, la menos talentosa, Eduardo Frei, lograra el triunfo, su relacionamiento con gobiernos como el de Bolivia será diferente.

Lula, a pesar de su enorme popularidad interna, no ha logrado concretar una herencia política para su partido (quién sabe si intencionalmente), y si se mantienen las actuales tendencias, el próximo presidente de Brasil (ojalá José Serra), no tendrá ninguna razón y menos ganas, para seguir siendo el padrino hipócrita (caso Lula), de los experimentos de su vecindario.

Dos elementos adicionales de la mayor importancia: Cuba, referente ideológico imprescindible para el proyecto chavista, está viviendo (o sufriendo), el más sonado fracaso de un modelo económico, de un sistema de producción y de un sistema político, después de cincuenta años de socialismo… ¿cuántos más harán falta para entender que las cosas van por otro lado? Los chinos, a pesar de su paciencia, han aprendido más rápido. Y Venezuela, después de diez años de discursos, sigue sin agua y sin luz: El modelo “linterna para ir al wáter” no ha resultado el más exitoso.

Paradójicamente, de todo el proyecto Chávez, Bolivia es el más exitoso como victoria política. Cierto, es el más dependiente de factores externos y el que puede quedar más fácilmente aislado. No estaría mal que algunas de las lumbreras que rodean a Evo, disfruten menos de las victorias recientes y piensen un poco más en la coyuntura regional de aquí a dos años… si quieren.

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