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miércoles, 27 de enero de 2016

con alma de poeta Demetrio Reynolds ve pasar el tiempo, en este caso Enero que se va para no volver y lo sucedido en la llajta dejando huellas imborrables de los sucesos.

Suplantar la verdad con la mentira no es tan fácil;  los varios intentos sólo han sido tiros al aire. Pero es evidente  que  la democracia está en peligro y el rostro de la  dictadura asoma por todas partes. El nerviosismo les despoja a veces la careta y entonces se los ve con su verdadera identidad
¡Enero ya se nos va! Y parece que el año hubiera empezado ayer. El tiempo artificialmente ordenado expresa el sentido trágico de la vida. ¿Para quién no pasa? ¿Para quién no se acaba? Un poco más jóvenes; un poco más viejos. Hay una  curva de regresión fatal. Sólo cuentan los días  del futuro; el minuto transeúnte, a un volver de cabeza, ya es pasado...
“Algo se muere en mí todos los días”. “Nunca más tendremos nuestra alma de esta noche”. No recuerdo: debió ser un filósofo sentimental el que dijo esas cosas.
Aunque es triste  pensar en la inevitable  fugacidad de la vida, de todas maneras,  en esos días solemnes de cambio en el calendario, era posible remontarse a las alturas etéreas de la ilusión y la esperanza. Pero luego había que volver a la prosaica vida ordinaria, pisar de nuevo el bajo suelo que habitamos  y enfrentar la realidad que nos circunda. Cada quien lo hace a su manera, con lo que tiene y con lo que no tiene.
Al comenzar, un contraste violento. Mientras  Uyuni se agitaba jubiloso  con el espectáculo del Dakar, los transportistas actuaban en El Alto como hordas primitivas. Cuando ese monstruo policéfalo –llamado por eufemismo movimientos sociales– gana las calles, sólo queda clamar al cielo, de impotencia. Es el socialismo comunitario que golpea. La autoridad, sin respaldo de la ley, deja de serlo. Policías y fiscales se fueron masivamente a Uyuni. Con más su jefe, allí se trasladó también el Estado Plurinacional.
El Dakar “pisa y pasa destruyendo”,  afirmó un conocido operador de turismo; él sabe bien lo que dice. Sólo cabe añadir  que buena plata nos cuesta ese lujo de países ricos. Bolivia pretendió demostrar que es uno de ellos. ¿Y el fenómeno de “El Niño”?  Nada que ver con él. ¡Qué nos importa que  haga estragos en otras regiones de Bolivia! Una comedia grotesca, con otros actores, reemplazó a la estridencia de las máquinas: la politiquería electorera. Parece que algún yatiri perverso nos ha embrujado. No podemos salvarnos de las urnas.
Y ellos quieren seguir gobernando hasta que las velas no ardan, esas de la edad provecta, como las del dictador Castro en Cuba. Aunque tienen todavía cuatro años por delante, quieren asegurarse desde ahora otros 10 más. Pueden modificar la Carta de La Glorieta cuando quieran, y sueñan con un febrero rotundo a su favor. El tiro puede salirles  por la culata, como en los tres últimos comicios donde el soberano se mostró enojado  y votó en contra.
Suplantar la verdad con la mentira no es tan fácil;  los varios intentos  sólo han sido tiros al aire. Pero es evidente que  la democracia está en peligro y el rostro de la  dictadura asoma por todas partes. El nerviosismo les despoja a veces la careta y entonces se los ve con su verdadera identidad. A la hora del balance, por lo menos son sinceros: no ensalzan la democracia sino la revolución apócrifa.  
El autor es escritor.

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