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viernes, 25 de marzo de 2016

Lupe Cajías atenta siempre a detalles de la noticia que solo ella advierte se refiere "al paraguas de Obama" destacando el gesto humano y paternal del Presidente empenado en proteger de la lluvia a su esposa y sus hijas aún en medio del protocolo y los cientos de periodistas que cubrían su llegada a La Habaja.

La diferencia más importante entre las personas que ocupan altos puestos en el poder político suele ser la condición humana. Existen textos históricos y novelas que nos cuentan, por ejemplo, cómo se comportaban los dictadores en  “Yo, el Supremo”, el “Otoño del Patriarca”, o en “La fiesta del Chivo” con sus “súbditos”, con sus “richelieus”, con las jóvenes mujeres.
Esta semana, contemplé escenas históricas en La Habana, Cuba, inimaginables hace meses. Entre esos cuadros repetidos por la televisión, me llamó la atención una actitud, una sonrisa y un abrazo. Vi descender al hombre más poderoso del planeta, Barack Hussein Obama, impecable pero sencillo en su traje negro; ágil como atleta afro; sonriente como si fuese a una cita con sus amigos; agarrando con su zurda el paraguas para defenderse de las gotas tropicales que caían indiferentes a la intensidad del momento.
Él, que se ata sus propios zapatos, también se refugia de la lluvia con su propio esfuerzo. Entre el protocolo perfectamente organizado por los cubanos, intentaba cubrir primero a su esposa y a su suegra, igualmente contentas. Sus hijas, modernas pero sin excesos, mantenían la calma aferradas a la compartida sombrilla.
Saludos, flores para agasajar a las mujeres, y un abrazo leve, pero suficientemente fraterno como pocas veces se da entre representantes de dos sistemas enfrentados por décadas. Sin hipocresías, con confianza de ambas partes, dando una lección al mundo.
Recordé partes emotivas de su autobiografía; la niñez difícil de una minoría secularmente marginada; la adolescencia rebelde como parte de unas herencias interétnicas complicadas; la búsqueda del padre lejano, el amor a la abuela; y después la reconciliación con su entorno y con la humanidad. Entendió por qué su padre partió, por qué era importante su propia batalla y cómo se convirtió en el alumno brillante hasta ser el primer presidente afroamericano.
Canoso, su cabello refleja demasiados combates internos y externos, las muchas equivocaciones, las dudas, las preguntas que están ahí, sea Libia, Siria, el Islam, “¿las absolverá la historia?” Sin embargo, se atrevió --sean cuales fuesen las razones políticas y económicas-- a dar el gran paso y cruzar el charco desde la Casa Blanca al Monumento a José Martí, el guía espiritual de la Revolución Cubana.
En medio de tanto conflicto en la Tierra, su humor, su calidez, su ser, fueron un alivio. Pocos creen que las cosas cambiarán, yo tengo fe. Sin embargo, difícilmente se repetirá un momento similar. Valió la pena vivirlo, verlo, sentirlo.

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