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sábado, 12 de mayo de 2012

Hace pocos días Gastón Cornejo planteó la cuestión Platón o Maquiavello, ahora Edgar Flores se refiere al mismo paradigma, con otro texto

Hay quienes sostienen que la relación entre moral y política es indisoluble; como también, existen aquellos que consideran que la política se basta a sí misma. Lo que me propongo en el presente artículo es examinar estos dos principios que -por cierto- brotan en tiempos antiquísimos.

La Antigua Grecia es la cuna de la política, ahí es donde la palabra política tiene su origen. Para los griegos la política es el estudio o conocimiento de la vida en común de los hombres y su participación en los asuntos de la polis o Ciudad Estado. Mientras participe en la organización de esa comunidad e inserto en la misma organización social, el hombre, es definido por Aristóteles, como un animal político. Precisamente en la Grecia es donde la relación moral y política emerge vinculada estrechamente.

Bajo la consideración precedente, tenemos en la Grecia Antigua una unidad evidente entre la moral y la política. En la cotidianidad de los atenienses la moral de los hombres que viven en comunidad se cumple en la política; es decir, que en la política es donde los individuos desarrollan y extienden sus virtudes: justicia, prudencia, fortaleza, amistad y templanza; el hombre, no puede carecer de aquellos valores si es que desea alcanzar la felicidad propia y de la comunidad que gobierna. Se trata, por consiguiente, de una moral que impregna en la acción colectiva valores de igualdad, justicia social y libertades, es decir, una democracia efectiva que abraza la dignidad humana.

Más tarde, en la época moderna, esta vinculación entre moral y política -con Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527)- se disuelve. Se separa la política de la moral. Política sin moral, principio cuyo contenido pregona la política autosuficiente, que se basta por sí misma; constituyéndose entonces la otra posibilidad de acción colectiva para incursionar el ámbito gubernamental y conformar lo que se conoce en la actualidad con el nombre de Realismo Político, que no admite -menos aprueba salvo sus conveniencias premeditadas- ningún juicio moral en la consecución del fin que persigue, todos los medios, en consecuencia, sirven y se subordinan para lograr el fin que satisfaga el interés nacional y la angurria de poder.

Este problema de relaciones entre moral y política aparece constantemente. En ocasiones combatiendo, en un marco democrático, actos de corrupción moral política que perjudican al Estado; en otras, prescindiendo de los valores, se subordina la moral a la política autoritaria.

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