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miércoles, 27 de febrero de 2008

la contravención a no matar

Mauricio Aira

La serie inconclusa de linchamientos que tiene lugar en Bolivia, es ya motivo de escándalo internacional, basta ver en la Red, la reproducción de videos con escenas inenarrables de horror y espanto de cómo se ejecutan tales asesinatos que son repelidos por propios y extraños y ante los que no cabe la indiferencia. La vida humana ha sido enaltecida por el cristianismo que en la cuaresma nos recuerda la cruz gloriosa de Jesucristo que nace y muere para redimirnos estableciendo la cultura de la vida y que “todo tiene su tiempo de nacer y su tiempo de morir” Y de la lección de vivir, dejar vivir, respetar, cuidar, cultivar la vida de todo hombre, en toda circunstancia como tarea imperiosa de la autoridad y del ciudadano.

Cuando Lynch, Charles Lynch ordenó castigar en 1780 a los fieles del partido conservador, azotarlos y ahorcarlos sin juicio alguno, vino a sustituír en Virginia, Estados Unidos, la fuerza de la justicia por la fuerza bruta. Por desgracia la conducta de Lynch se repite y se aplica nada menos que en pueblos y villorrios de Bolivia en los que los linchamientos se están poniendo en la agenda y lo más grave, con la aprobación y complicidad de colectivos que se autoprotegen del castigo de la Ley. Así la acción de ejecutar, quitar la vida sin proceso alguno a simples sospechosos o reos de culpa por el tumulto, la masa, gentes con o sin educación, muchas veces en estado de embriaguez, instigados por prejuicios religiosos, partidarioso, raciales y otros actúa con rabia y furia descargando frustraciones y venganzas que hacen estremecer a los estupefactos telemirones.

Fuerza recordar al Alcalde de Ayo Ayo y su linchamiento y quemazón a manos de los lugareños que dijeron haber puesto en práctica “la justicia comunitaria” porque Altamirano había sido acusado por malos manejos económicos. Lejos estuvo de imaginar que el odio político de sus rivales dentro del municipio de Ayo Ayo lo llevaría a la muerte. Citamos el caso de un ajusticiamiento colectivo, que lastimosamente no ha sido juzgado no obstante las circunstancias claras que llevaron a la detención de algunos sospechosos que fueron liberados
y aunque alguno ha quedado en la cárcel y como el juicio no ha terminado y por tanto dejado la Justicia sin castigar un crimen público, un linchamiento que hoy es un mal precedente y que de alguna manera sirve de modelo a otras acciones delictivas, que se copian de Ayo Ayo y que encajan dentro del concepto de “justicia comunitaria” aún cuando algunos ideólogos hubieran dado explicaciones en contra. No es extraño por tanto que la Organización de Derechos Humanos mencione como un caso típico de violación en su último informe profusamente divulgado por todo el mundo dejando mal parado al régimen masista actualmente imperante.

Recordar que la existencia de niños maltratados, humillados y abandonados, mujeres violentadas y explotadas, interminables colas de exiliados y prófugos, violencia y guerrilla en tantos rincones del planeta, son las sombras de la muerte que amenazan la vida del hombre según nos recordaba Juan Pablo II al hablar de la cultura de la muerte a la que oponemos la cultura de la vida “frente a la tentación cada vez más fuerte de apoderarse de la muerte procurándola anticipadamente casi como si se fuera árbitro de vida propia y ajena”. Ello es síntoma de la “cultura de la muerte”, incluyendo el linchamiento seria amenaza para el futuro del hombre boliviano.

La exigencia de respetar los derechos humanos de cada ciudadano, al margen de su raza, el color de su piel, su educación o su fortuna, de aumentar la solidaridad entre los grupos y sobretodo aceptar el imperio de la Ley y aumentar la confianza en la Justicia y en los medios civilizados de la comunidad para alcanzar una convivencia pacífica y constructiva es hoy una necesidad a gritos. El episodio de Epizana tiene todas las características de haberse practicado otro acto de “justicia comunitaria” según el informe de los periodistas que también fueron golpeados y maltratados la máxima autoridad originaria de la aldea munido de altoparlantes incitó a los pobradores a dar castigo a los tres policías que pagaron con su vida el cumplimiento de su deber, si en el mismo cometieron excesos y algunos campesinos resultaron víctimas de extorsión, corresponde a las autoridades juzgar los hechos, pero no puede justificar en ningún caso, el padecimiento que sufrieron de apaleo, golpeaduras, haber sido arrojados de un segundo piso y asesinados cruelmente en medio de la masa turba. Es de esperar que la autoridad judicial actúe sin demora, de cómo procedan el juez y los fiscales para encontrar y juzgar a los culpables del triple crimen, dependerá en parte que se crea en la Justicia y que el ciudadano sepa de la existencia de la única vía para castigar el delito.

Siendo Dios el autor de la vida, y ésta un don gratuito tenemos que cuidarla como nos recomienda la doctrina cristiana que rige nuestra conducta, no podemos desechar la vida y menos privar de ella a nadie. Cada vida humana es nuestra herencia común, “la piedra angular de la justicia”. Puede haber un gobierno justo, pero si no respeta el derecho a la vida en todas las circunstancias de nada le vale su autoridad que en este caso reposa sobre arena movediza.

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