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lunes, 3 de enero de 2011

se rompe el hechizo de la fantasía demagógica en Bolivia, Venezuela, Argentina. se acaba la sonrisa permanente. Carlos Pagni en LN de BAires

El domingo de la semana pasada, el presidente de Bolivia, Evo Morales, aumentó el precio de los combustibles entre el 57 y el 83%. Después quiso corregir el malestar con una mejora salarial del 20%. Pero la convulsión social lo obligó a volver sobre sus pasos: anteayer los decretos que provocaron la crisis fueron derogados.

El miércoles pasado, el ministro de Planeamiento y Finanzas de Venezuela, Jorge Giordani, eliminó el dólar preferencial de 2,60 bolívares que disfrutaron las importaciones de alimentos y medicinas. Desde hoy se aplicará una paridad de 4,30 bolívares. En otras palabras, Hugo Chávez dispuso encarecer la canasta básica de consumo un 65% en dólares.

En la Argentina, las Fiestas transcurrieron en medio de la escasez de luz, de agua y de combustibles.

Irrumpe en tres escenarios diferentes, pero la noticia es una sola: el "modelo bolivariano" está agotado. Es decir, la pretensión de subsidiar el consumo de amplias capas de la población por encima de las posibilidades de la propia economía se volvió insostenible y colapsó. En Bolivia y en Venezuela, el naufragio llegó con un ajuste feroz de precios. Un "rodrigazo", se diría en la Argentina. Cristina Kirchner prefiere que los límites aparezcan de otro modo: prefiere jugar la carta del desabastecimiento, es decir, interrumpir el suministro de nafta, gasoil o electricidad.

La peripecia de Morales está llena de lecciones. Para defender su decreto, explicó que las importaciones de combustibles habían alcanzado en 2010 los US$ 600 millones. Recordó que compran en el exterior el litro de gasolina "a 8 bolivianos para venderlo a 3,74". El barril de petróleo, que cuesta US$ 90 en el mercado internacional, en Bolivia está a US$ 27. El Estado ya no puede solventar estas diferencias de precios. En Bolivia, los subsidios a los carburantes pasaron de US$ 100 millones en 2005 a US$ 380 millones, en el año que acaba de terminar.

Ante esa barrera, Morales ordenó un tarifazo que hubiera hecho titubear a Margaret Thatcher. Fue indigerible desde lo social y político. En vez de viajar a Brasilia para saludar a Dilma Roussef, Morales debió quedarse en La Paz para corregir sus resoluciones.

Hugo Chávez se vio obligado a devaluar porque ya no podía seguir abaratando con fondos públicos las mercaderías de consumo popular. El ajuste recae sobre los alimentos y remedios, que en un 70% son importados. Habría que prever una disparada de la inflación, que durante el chavismo es la más alta del mundo: 27% según datos oficiales. Además, Chávez acaba de expulsar a 1800 empleados públicos.

Cristina Kirchner se encamina hacia la encrucijada que hoy aflige a sus hermanos bolivarianos. La inconsistencia de su política energética es conocida: el congelamiento de tarifas estimula la demanda, pero desalienta la inversión, por lo que la oferta se restringe cada vez más.

El consumo eléctrico domiciliario aumentó para fin de 2010 un 15% respecto del año anterior. Durante el año, estuvo un 30% por encima del registrado en 2008, antes de la recesión internacional. Es la fiesta de consumo que enorgullece al Gobierno. Claro: las tarifas de gas y electricidad son un sexto de las de Brasil y un décimo de las de Uruguay.

Una de las estrategias del kirchnerismo para resolver el desequilibrio es cortar la luz. Sobre los cables y transformadores pasa el doble de electricidad que hace ocho años, y esa infraestructura no fue ampliada porque la inversión carece de rentabilidad. Por lo tanto, el ajuste se realiza interrumpiendo el servicio. Los consumidores reciben prestaciones cada vez más deficientes. Eso sí: pagan lo mismo, aun pudiendo pagar más. La Presidenta, ya se sabe, es más inteligente que el mercado.

Gracias a esa clarividencia, muchas familias pasaron las Fiestas a oscuras, sobre todo en los barrios de clase media baja, donde se adquirieron más electrodomésticos en los últimos años. Como desde el Gobierno se dispuso cortar el servicio eléctrico de algunas plantas de AySA, hubo casas que, además, se quedaron sin agua. También les faltó energía a muchísimas plantas industriales. La metáfora perfecta de este paisaje la encarnó Julio De Vido: el demiurgo del "modelo" se casó a oscuras, y en su fiesta de Puerto Panal los invitados caían como abejas achicharradas.

El kirchnerismo no sólo apaga la luz. Como desalienta la producción de energía, importa el faltante a precios altísimos. Hasta ahora, ese costo fue subsidiado por el fisco. Es el método que acaba de estallar en Bolivia y Venezuela. En la Argentina, ese camino está sembrado de incógnitas macroeconómicas. Durante el año pasado, hubo que importar energía por US$ 4500 millones. Este año, se prevé que habrá que hacerlo por US$ 6000 millones. Para que los consumidores pudieran disfrutar de precios congelados, el Tesoro pagó en 2010 subsidios por $ 20.000 millones.

Estos datos se integran al problemático panorama del comercio exterior. Si se compara 2010 con 2009, las importaciones subieron un 45% y el superávit comercial disminuyó un 25%. Son cifras importantes. Revelan que el mercado internacional ya no aportará los dólares necesarios para el nivel actual de crecimiento. He aquí el problema: el kirchnerismo es, por naturaleza, expulsor de capitales. En años de tranquilidad, provoca salidas de alrededor de US$ 10.000 millones. ¿Con qué se va a financiar esa fuga si, por la reducción del superávit comercial, comienzan a escasear las divisas?

Los economistas recomiendan sacrificar algún punto de crecimiento en homenaje a un nuevo balance macroeconómico. Aconsejan, por ejemplo, subir la tasa de interés para moderar la fuga de divisas. Pero, para Amado Boudou, eso sería enfriar la economía. Y él, siempre sofisticado, ya aclaró: "La economía es como el amor: cuanto más caliente, mejor". Esta ley, sumada a aquella otra según la cual la inflación no afecta a los pobres, ha llevado a las ciencias económicas a incorporar el neologismo "boudoudeces", sugerido por el ruralista Eduardo Buzzi.

Lo perciba o no Boudou, en la Argentina está alcanzando su última frontera la concepción que hace agua en Venezuela y Bolivia. Denominar "modelo bolivariano'' a esa forma de administrar los recursos puede hacer pensar que lo que está entrando en dificultades es un experimento novedoso.

No es así. América latina está en presencia del enésimo fracaso de una corriente populista que se niega a incorporar a su bagaje intelectual una noción elemental: la noción de restricción. Chávez, Morales, Cristina Kirchner están despertando, sobresaltados, del sueño dogmático que supieron abandonar François Mitterrand, Michel Rocard, Felipe González, Tony Blair, Ricardo Lagos, Lula da Silva, José Mujica, Alan García o Dilma Rousseff, cuando admitieron que no hay política económica progresista susceptible de ser edificada sobre la ilusión infantil de gobernar sin costos.

No es un dato aleatorio que los representantes de la paleoizquierda hayan llegado al poder cuando sus países -Venezuela, Argentina, Bolivia- eran agitados por crisis sociales. Chávez, Morales, los Kirchner han gobernado con un sentimiento de pánico; el temor a que cualquier mala noticia convocara de nuevo al estallido. Huyeron de ese desenlace por un sendero que los condujo a ese desenlace. En Caracas, en La Paz, en Buenos Aires, comienza a advertirse que la sonrisa permanente esconde un truco; comienza a romperse el hechizo de la fantasía demagógica.

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